martes, 9 de diciembre de 2014

Pensamientos acerca de la cruz






Cada cual tenemos nuestra propia cruz. E ir tras Cristo con ella es algo más que una bonita expresión de seguimiento... es la propia vida eterna que se nos regala.



Eleuterio Fernández Guzmán

domingo, 7 de diciembre de 2014

Pensamientos de vida eterna


Dios nos quiere a su lado y nosotros sólo debemos querer estar a su lado.


Eleuterio Fernández Guzmán

jueves, 20 de noviembre de 2014

En gozo, incluso, en el dolor




Para el ser humano común el dolor es expresión de un mal momento. Así, cuando una persona se ve sometida por los influjos de la enfermedad no parece que pase por el mejor momento de su vida. Lo físico, en el hombre, es componente esencial de su existencia y no puede negar que, en efecto, puede padecer y, de hecho, padece sufrimientos y pasa por tribulaciones muy dolorosas.


Pero hay muchas formas de ver la enfermedad y de enfrentarse a ella. No todo es decaimiento y pensamiento negativo al respecto del momento por el que se está pasando. Y así lo han entendido muchos creyentes que han sabido obtener, para su vida, lo que parecía imposible y que cifrado en gozo es, ¡vaya por donde!, bastante.


Dice san Josemaría en el número 208 de “Camino” “Bendito sea el dolor. —Amado sea el dolor. —Santificado sea el dolor... ¡Glorificado sea el dolor!” porque entiende que no es, sólo, fuente de perjuicio físico sino que del mismo puede ser causa de santificación del hijo de Dios si sabe entenderlo correctamente.


Pero en “Surco” (otro texto) dice el Fundador del Opus Dei algo que es muy importante: “Al pensar en todo lo de tu vida que se quedará sin valor, por no haberlo ofrecido a Dios, deberías sentirte avaro: ansioso de recogerlo todo, también de no desaprovechar ningún dolor. —Porque, si el dolor acompaña a la criatura, ¿qué es sino necedad el desperdiciarlo?”


Por lo tanto, no vale la pena deshacerse en maledicencias contra lo que padecemos. Espiritualmente, el dolor puede ser fuente de provecho para nuestra alma y para nuestro corazón.


En el sentido aquí expuesto abunda el emérito Papa Benedicto XVI cuando, en el momento del rezo del Ángelus del 5 de febrero de 2012 dijo que “Sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la cual experimentamos realmente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento que restaura, en el cual experimentar la atención de los otros y ¡prestar atención a los otros! Sin embargo, esta será siempre una prueba, que puede llegar a ser larga y difícil.”

Sin embargo, en determinados momentos y enfermedades, el hecho mismo de salir bien parado de la misma no es cosa fácil y se nos pone a prueba para algo más que para soportar lo que nos está pasando.

Entonces, “Cuando la curación no llega y el sufrimiento se alarga, podemos permanecer como abrumados, aislados, y entonces nuestra vida se deprime y se deshumaniza. ¿Cómo debemos reaccionar ante este ataque del mal? Por supuesto que con la cura apropiada --la medicina en las últimas décadas ha dado grandes pasos, y estamos agradecidos--, pero la Palabra de Dios nos enseña que hay una actitud determinante y de fondo para hacer frente a la enfermedad, y es la fe en Dios, en su bondad. Lo repite siempre Jesús a la gente que sana: Tu fe te ha salvado (cf. Mc 5,34.36). Incluso de frente a la muerte, la fe puede hacer posible lo que es humanamente imposible. ¿Pero fe en qué? En el amor de Dios. He aquí la respuesta verdadera, que derrota radicalmente al mal. Así como Jesús se enfrentó al Maligno con la fuerza del amor que viene del Padre, así nosotros podemos afrontar y vencer la prueba de la enfermedad, teniendo nuestro corazón inmerso en el amor de Dios."


Fe en Dios. Recomendaba entonces el Papa alemán y que, no olvidemos, es lo único que nos puede sustentar en los momentos difíciles de nuestra vida pues siendo la enfermedad uno de los más destacados, no podemos dejar de lado lo que nos une con nuestro Creador. Y eso también nos une, también nos une.
En realidad, lo que nos viene muy bien a la hora de poder soportar con gozo el dolor es el hecho de que nos sirva para comprender que somos muy limitados y que, en cuanto a la naturaleza, con poco nos venimos abajo físicamente. Nuestra perfección corporal (creación de la inteligencia superior de Dios) tiene, también, sus límites que no debemos olvidar.


Pero también el dolor puede servirnos para humanizarnos y alcanzar un grado de solidaridad social que antes no teníamos. Así, ver la situación en la que nos encontramos puede resultar crucial para, por ejemplo, pedir el oración por el resto de personas enfermas que el mundo padecen diversos males físicos o espirituales.

Es bien cierto que la humanidad sufre y que, cada uno de nosotros, en determinados momentos, vamos a pasar por enfermedades o simples dolores que es posible disminuyan nuestra capacidad material. Sin embargo, no deberíamos dejar de pasar la oportunidad que se nos brinda para, en primer lugar, revisar nuestra vida por si acaso actuamos llevados por nuestro egoísmo y, en segundo lugar, tener en cuenta a los que también sufren para pedir para ellos una mejoría… según sea la voluntad de Dios.

Y si, acaso, no comprendemos lo aquí se quiere decir, bastará con conocer al Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo como para darse cuenta de lo que en verdad hacemos negando, si así lo hacemos, el bien que podemos hacernos al gozar del dolor o hacer del mismo algo gozoso.


Eleuterio Fernández Guzmán


Para afrontar el dolor






A lo largo de nuestra vida se producen momentos en los que el dolor parece adueñarse de lo que somos. Incluso podemos sufrir por aquello que le pasa a nuestro prójimo cuando, por ejemplo, tenemos conocimiento de que un ser humano de muy corta edad, quizá meses, está luchando por su vida en la cama de un hospital porque una grave enfermedad le aqueja.

El dolor no es poco lo que condiciona nuestra existencia e, incluso digo, cuando se trata de uno que pueda parecer ajeno pero que por ser hijos de Dios y, por tanto, hermanos, no deja de afectarnos, no es deberíamos descartarlo nunca como compañero de viaje.  

Hay muchas personas que, no siendo especialmente religiosas no acaban de entender que del dolor también se puede obtener buen fruto. A lo mucho que aspiran es a no sufrir nunca y a mantener la creencia según la cual es mejor no pensar en algo que, por otra parte, es ineludible.

Cuando finalizó el Vía Crucis en el Coliseo de Roma en la Semana Santa de 2011, el emérito Benedicto XVI dijo, entre otras cosas, esto:

“En la aflicción y la dificultad, no estamos solos; la familia no está sola: Jesús está presente con su amor, la sostiene con su gracia y le da la fuerza para seguir adelante, para afrontar los sacrificios y superar todo obstáculo. Y es a este amor de Cristo al que debemos acudir cuando las vicisitudes humanas y las dificultades amenazan con herir la unidad de nuestra vida y de la familia. El misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo alienta a seguir adelante con esperanza: la estación del dolor y de la prueba, si la vivimos con Cristo, con fe en él, encierra ya la luz de la resurrección, la vida nueva del mundo resucitado, la pascua de cada hombre que cree en su Palabra.”

En efecto, no estamos solos porque hay muchas personas que pueden sostenernos en el dolor. A través, por ejemplo, de la oración, unos nos ayudamos a otros y con la misma llamamos al corazón de Dios para que tenga una voluntad que, siendo la que quiera que sea, lo sea buena y benéfica para quien más necesita de Misericordia y de Amor. Y en eso esperamos que lo mejor de nosotros salga a la luz del día. Oramos y rezamos, entonces, por quien necesita nuestro rezo o nuestra oración. Y le pedimos a Dios por medio de su Hijo Jesucristo y pidiendo la intercesión de algún santo o santa a quien tengamos especial devoción…

Oración, oración, oración. Pedir al Padre por quien necesita su sí, su hágase mi voluntad y que la misma sea la que sea aceptada por quien la busca y la necesita.

El dolor, a lo mejor, compartido, puede parecer menos dolor porque sabemos que hay otras personas que están pidiendo por una necesidad muy especial.

Por eso, como bien decía el Santo Padre, en la Pasión de Nuestro Señor tenemos la esperanza que nunca debemos perder y que hace de nosotros unos seres indestructibles ante lo que destruye, destroza y mata. Por eso, también, es Cristo quien soporta nuestra pena y quien nos da aquello que, en un momento determinado, nos pueda faltar de fe o de creencia en Dios.

Nunca nos falla quien nunca falla y, así, el Creador, a quien nos dirigimos implorando su clemencia y sus manos buenas, ha de quedarse mirando como aún sin conocer personalmente a la persona por la que se pide, se hace con la pasión de quien sabe que Dios es bueno y es justo y que nunca abandona a nadie de su rebaño.

El dolor, así, puede ser menos dolor pero, sobre todo, es germen de esperanza que nunca muere.


Pidamos, pues, por quien necesite la especial intervención de Dios para remediar un gran mal y que sea, más que nunca, su voluntad la que prevalezca y si la misma es que quien sufre deje de hacerle, agradezcamos lo que así sea. Y si es de otra manera… el Creador, que siempre es providente, sabrá hacer nacer, también, el agradecimiento.


Eleuterio Fernández Guzmán 

jueves, 28 de agosto de 2014

La espiritualidad orante, en el dolor, de Lolo





El siguiente artículo ha sido publicado en el número 57 de la revista SIGNO, perteneciente a la Acción Católica General



El dolor es como una espuela, que levanta y, aquel que se pone de pie, vuelve a estar nuevamente cerca del Cielo, de cara a la realidad del Padre.
(“Reportajes desde la cumbre”)
 Que el Padre Dios ama mucho a su descendencia lo demuestra el hecho de que escoge, de entre sus hijos, a un puñado de los mismos para que sean ejemplo de hasta dónde se puede llegar teniendo en cuenta lo que supone saber que se tiene una filiación divina y que, por tanto, el Creador es nuestro Padre.


Nosotros, hijos de Dios como somos, sabemos que nuestro Creador nunca nos abandona pero no alcanzamos a comprender hasta qué punto ama a su descendencia ni qué puede significar, en nuestra vida y para nuestra existencia, que siempre esté esperando la llamada de nuestro corazón al suyo. Por eso nos relacionamos con el Padre a través de la oración cuando somos capaces de bajarnos de nuestro egoísmo y lo miramos con humildad y con mansedumbre.
Por otra parte, es cierto que a lo largo de nuestra vida no siempre todo va a ser de color de rosa sino que, con casi toda seguridad, el sufrimiento nos atenazará y múltiples causas nos abocarán a preguntarnos acerca del mismo cuando no a rechazarlo abiertamente sin obtener provecho alguno de tales momentos.
Pues bien, como hemos dicho arriba, hay personas, creyentes, hermanos en la fe, que muestran que lo son con hechos y, muchas veces, también con palabras. Uno de ellos es Manuel Lozano Garrido, más conocido como “Lolo”, Beato de la Iglesia católica desde el 12 de junio de 2010.
Lolo era muy joven cuando sintió que la fe le atraía con una fuerza que no podía resistir y que, es más, no quería oponerse a que Dios lo llamase a según qué deberes y según qué quehaceres.
A cualquier persona que no tuviera un buen fondo espiritual y no tuviera la cabeza, como suele decirse, bien amueblada a base de principios eternos, la cosa se le hubiera hecho muy cuesta arriba. Es más, pocas personas podrían manifestar un ser tan opuesto a lo que se sufre (que era mucho en el caso de Lolo) y parecer que, al contrario, se lleva una vida totalmente sana de cuerpo a la vista de quien quiera verlo.
Y esto pudo alcanzarlo el Beato de Linares porque Lolo era hombre de oración.
Decir esto pudiera parecer algo que podría estar de más pues es de pensar que un creyente es persona de oración. Sin embargo, si conocemos (como son más que conocidas) sus circunstancias personales y cómo, a este respecto, se desenvolvió en la vida, nos acercaremos a comprender cómo era Lolo si hablamos de su ser, su persona y el hecho mismo de orar. Por eso, acerca de tal verdad, deja escrito en “Mesa redonda con Dios” que
La plegaria es, pues, como una segunda Encarnación, de vuelta; como una semilla de hombre que se hace raíz en el Belén del corazón de Dios y allí se nutre de su vitalidad. Rezar es la gran panacea contra el vértigo y la problemática de nuestra hora y, como la oración va al hilo de los pasos de los hombres, he aquí que por entre las hileras de rascacielos se abren camino esas plataformas rodantes que son las almas con posibilidad de oración. Ni el ascensor, ni la escalerilla del avión, ni el paraninfo, ni los supermercados dejan de tener la oportunidad de un penacho divino que busca todas las frentes que se alzan con nobleza.
Sabía, por tanto, que orar, en su vida, era algo más, mucho más, que un acto de voluntad tendente a ser escuchado por Dios. Y lo era porque quería manifestarle al Creador que su existencia la estaba gozando muy a pesar de sus múltiples acaecimientos dolorosos. Por eso dice (en “Cartas con la señal de la cruz”) que
Para mí, el misterio más sublime y doloroso es el Getsemaní. En tus momentos de desánimo di mucho que “sí”, sólo “sí”. Esfuérzate en desechar los pensamientos tristes y ya verás cómo en medio de tu tribulación, aunque no se desaparezca, has de empezar a sentir al fondo un algo que anima y conforta: es la alegría de la aceptación, el consuelo de la fe.
A este respecto, el postulador de la causa de beatificación (y ahora de canonización) el P. Rafael Higueras Álamo (que lo conoció muy bien a Manuel Lozano en los últimos años de su vida), nos dice (en su libro “La alegría vivida en el dolor”), acerca de la oración en la vida del Beato Lolo, que
La oración, practicada en silencio y a solas, era un ejercicio continuo, de varias horas al día, dedicando fundamentalmente a eso las horas de la madrugada y el comienzo de la tarde, antes de continuar su trabajo diario. Era una oración extraordinaria y contemplativa, a la vez que sencilla y apoyada en lo visible, que constituía su alimento, en la que reflexionaba los mensajes que luego vertía en sus escritos y de la que extraía la experiencia de gracia necesaria para tener fuerza en la prueba y contagiar alegría a los demás.

Y es que, como Lolo mismo reconoce (en “El sillón de ruedas”) “Al atardecer, revuela un enjambre de avemarías...; a la noche hay que ponerle a Dios la vida entre las manos”. Oración acorde con su propia situación, oración de ser que sufre pero que goza. O, como dice en el punto 580 de “Bien venido, amor”:
“La oración es como el pan de cada día: uno no come y se muere; uno no reza y el alma se va desangelando”
Pero lo bien cierto es que el tiempo que nos ha tocado vivir no es tiempo de gozo en el dolor sino, muy al contrario, de huida del mismo y, también, de intento vano de esconder que existe y que, como seres humanos, caminamos por un valle de lágrimas. Mucho menos, seguramente, que el dolor procuremos sanarlo con la oración. Por eso, Manuel Lozano, Lolo, se dirige al Señor porque sabe cómo es él mismo y, orando, le dice (en “Las golondrinas nunca saben la hora”):
¿Y conmigo, Señor, tan pobre como soy, dando siempre estúpidos bandazos, como los pavos, teniendo en cambio pegadas a los costados las alas de ese brillante ángel del dolor, que me cedes cada día? Por favor, Cristo mío, sé indulgente y no te canses nunca de mí. Tan pobre soy, Señor, que tengo conciencia de que nunca podré remontarme por mi propio impulso. De seguro que nunca habrás puesto los ojos en un manojo de tantas debilidades. Así y todo, olvida mi ficha y dame aliento. Haz como esos pájaros hembras que ilusionan a los gorriones a que se lancen al revoloteo.
Cuando me veas que por fin remonto aunque sea un palmo de tierra, pon tu palma debajo y me levantas en el aire hasta que me emborrache de azul perpetuamente.
En realidad, Manuel Lozano Garrido era un tipo de persona muy especial que tenía la impresión de que su sufrimiento tenía un sentido que debía difundir a través de su vida y de sus escritos. Por eso escribiría, en su libro “El sillón de ruedas” que
Sin duda el dolor es una de esas piezas aparentemente oscuras e inexplicables. Tiene mucho de misterio, pero no hasta el punto de velarnos todos sus ángulos de la luz.



Pero es en el Prólogo de “Cartas con la señal de la cruz” (título, ya, simbólico y significativo) donde apunta hacia el sentido de su vida. Nos dice, en aquella dedicatoria:
A Angelita Gómez, que nunca ha sabido lo que es la salud y ‘vive siempre esperando, con el corazón vestido de fiestas y las lámparas ardidas’ porque ‘el Amor se lo endulza todo”. Y continúa diciendo que “En ti mi admiración por todos los que, en silencio, dan un vivo testimonio de la actividad redentora del sufrimiento”
Y escribe, Lolo, de lo que puede suponer el sufrimiento como actividad redentora porque bien lo estaba experimentando en su persona.
De todas formas, sabemos que, al contrario de lo que se dice, nadie tiene la vida que se merece sino la que las circunstancias le han llevado a sufrir y gozar o a gozar y sufrir. Por eso Manuel Lozano Garrido, creyente entregado al servicio del prójimo y de la Iglesia católica, no cejó en defender que cuando sufría (todo el tiempo desde que la enfermedad lo cogió a los 22 años y, sin soltarle, lo llevó a la Casa del Padre) tenía sentido que así fuera. Por eso su confianza en Dios y en su Providencia le bastaban para seguir adelante por el empinado camino que la vida le había deparado y por eso se apoyó en la oración pues buscó, orando, acercarse a Quien todo lo puede.
Y eso porque sabía que el dolor y el sufrimiento debían ser llevados con el ánimo de quien sabe que, como hijo de Dios, el Padre le espera para acogerlo en sus brazos. Por eso en sus “Cartas con la señal de la Cruz” nos dice que
En el Calvario no se vieron los ángeles y aún el espectáculo de la tierra y el cielo agitados se dio después de la agonía. Cristo se expuso desnudo como un testimonio de la radical desnudez del corazón con que hay que vivir el sufrimiento.

Comprender, pues, el sufrimiento y llegar, incluso, a saber aprovecharlo como fuente de vida espiritual profunda que llega hasta donde sólo puede llegar quien ha comprendido y, así, ha amado, resultó crucial en la vida de oración de Lolo: dolor-sufrimiento-oración-gozo entregado al Padre. Por eso nos dice en su maravilloso “Credo del sufrimiento”:
Creo en el sufrimiento como en una elección y quiero hacer, de cada latido, un sí de correspondencia al amor.
CREO que el sacrificio es un telegrama a Dios con respuesta segura de Gracia.
CREO en la misión redentora del sufrimiento.
Bien está, pues, que recordemos que hubo y hay personas que, como Manuel Lozano Garrido, dando su vida de la forma que la dieron y dan, fueron y son un ejemplo de por dónde ha de caminar un hijo de Dios hacia el definitivo Reino del Padre.
Al fin y al cabo, así lo expresa a la perfección el beato de Linares (también en “Cartas con la señal de la Cruz”):
Sobre todo, lo que vale es que el sufrimiento redime, personal y comunitariamente y que puede quedar en infecundo sin la previa aceptación.

Aceptar, entonces, el dolor, y saber sobrenaturalizarlo, es cosa de hijos de Dios que saben que lo son y lo que representa la filiación divina. Y Lolo, sin duda alguna, demostró que lo fue y, por supuesto, que lo es, ahora, en el Cielo con el Padre Dios. Podríamos decir, y decimos, que su oración fue como una fuente de agua que nos llena el corazón de aquello que, en verdad, vale la pena: amar a Dios sobre todas las cosas y sobre todas las circunstancias sufrientes de nuestra vida. Y dirigirnos, en oración, como hizo Lolo, todo oración y todo dación de gracias, a Quien todo lo creó y mantiene. Por eso, en Dios habla todos los días” manifiesta un gran gozo cuando opone, al sufrimiento, la esperanza en Dios Padre:
Dicen que las canas salen de sufrir y que, cuando un hombre tiene la cabeza blanca, es porque un mundo de tribulaciones y lamentos le ha ido amasando durante la ancianidad. Con un profundo desconcierto hago memoria de estas ideas, mientras voy repasando ese cráneo de nieve del amigo y mis cabellos, sorprendentemente vitalizados; su mundo tibio, ancho, oficial y evidentemente feliz y éste otro mío circunscrito, en el que el dolor ha ido enredándose agobiadoramente como una hiedra maligna. Y pienso que, afortunadamente, Tú no eres un ente formulario y rigorista y reparas también, dichosamente, estas agudas peripecias de los hombres con sentencia, pomposamente arrinconados.
O, esto otro que escribe en “Cartas con la señal de la Cruz”:
 “Al principio parecía que el sufrimiento viniese con facha de segador. Por el contrario, lo que hizo fue sembrar en esperanza. Como me debo en sinceridad así digo que sólo él pudo hacer viables mi vocación humana y mis sueños espirituales”.
Todo, para él, debería ser tiniebla según los cánones del mundo moderno que es el lugar donde se equipara bondad física con alegría y gozo. Sin embargo, su absoluta confianza en la Providencia de Dios le hace ver las cosas, las tan terriblemente suyas, como algo de lo que puede gozar.
Es más, quiere, y así lo pide en oración a Dios, que su dolor, que su sufrimiento, no cause otros dolores u otros sufrimientos sino que le afecte a él solo, Siervo del Creador que sabe que lo es. Es, un a modo, de querer que cuando sufra nadie más sufra con él, que no tenga que compartir su sufrimiento diario. Por eso, en “El sillón de ruedas” se dirige al Todopoderoso, que sabe que le escucha porque sabe, él, escuchar a Quien todo lo sabe, y le dice
Señor: Me pregunto si es posible un dolor con escafandra, que abarquille sus tentáculos sobre un corazón mientras los mismos labios dan a partir, sencillamente, el precio  de una corbata o el calor que se nos echa de pronto. Si sufro, me gustaría oír mi grito caracoleando dentro de una coraza de carne petrificada, revestida de amianto, mientras al otro lado se ríe, se canta y se paladea pura y gozosamente el regalo frondoso de la vida. 
Lolo quiere que cuando ora su súplica no consista en pedir esto o lo otro que no tenga más sentido que para él mismo. Al contrario es la verdad porque, servidor del prójimo hasta un extremo tan entregado, se sabe indigno de causar dolor o sufrimiento al otro, al hermano, al hijo de Dios. Por eso pide sufrir solo, en silencio o, como dice él mismo, que su dolor sea “con escafandra”.
De aquí, que en “Las golondrinas no saben la hora” también ore al Padre pidiendo lo que sólo un alma grande puede pedir en cuanto al propio sufrimiento se refiere:
Fíjate y ten en cuenta, Señor, las torpezas de mi aprendizaje.  Marchar por el camino de las tinieblas es como arrastrar una zarza por un sendero, que a todos hiere. Ven Tú y que yo me agarre a tu hombro de lazarillo para que el dolor de esta hora sea un secreto que queda a medias entre ambos.
Y es que Manuel Lozano necesita, en la situación de sufrimiento físico por la que pasa muchos años de su vida, saber que el Creador tiene puesta su mirada, también, en él, humilde hijo de un tan gran Padre. Por eso, a Él se dirige directamente en “El sillón de ruedas
Oye, pues, el S.O.S. de las criaturas sin cielo,
con lacra, con cicatrices.
Toma nota y fíjate:
queremos la soledad fecunda, adorar y ser reconocidos.
Y, como cumbre del ansia, arráncanos la bondad hasta llegar a una perfección “standard”;
santos a manojillos: los municipales, las mujeres que van a la compra, las mecanógrafas, las telefonistas y los pobres hombres en sillón de ruedas.
Que la oigas, Cristo. Que nos oigas, Que me oigas.
Lo que Lolo quiere, lo que anhela con las fuerzas todas que su santa alma le proporciona, es que su sufrimiento no quede más que en sufrimiento y a nada conduzca. Lo que pretende, y logra, es que de lo malo salga lo bueno por la voluntad poderosa de quien se sabe con posibilidad de liberar, desde su corazón, una savia que el Espíritu Santo (que allí mora) ha depositado allí, por don y gracia de Dios, y que de hacerla rendir puede iluminar la existencia de los que viven en tinieblas y en sombra de muerte espiritual.
Lolo es, por eso mismo, quien consigue que vivifique lo que podría estar muerto a ojos del siglo y que sea existencia, ser, lo que para otros muchos (quizá para la gran mayoría de desavisados en esto) sólo es vacío y hundimiento del espíritu. Y lo logra porque se sabe capaz de hacerlo, con la esperanza intacta aún después (sobre todo por eso) de darse cuenta de que lo que le queda es mucho más importante que lo que ha perdido. Eso le hace decir (en la “Novena campanada” para recibir un nuevo año que refiere en “Las golondrinas nunca saben la hora”) que
El dolor, desde Ti, ya no tiene pasado ni futuro, es sólo realidad, fluir de savia, arborescencia y redención. No quiero pensar ni en la noche ni en el alba, sino estarme contigo a las doce de la mañana, cuando las penalidades zumban alegres, como abejas laboriosas.
Y es que Manuel Lozano Garrido no es hombre pesimista sino, al contrario, hombre que ve las cosas de una forma tan especial que lo hacen, sin duda, muy especial a él mismo. Casi, se puede decir, que se ríe de aquello que pasa (¡Increíble, esto, a ojos del mundo de entonces y de ahora!) y de lo que pudiera entristecer su alma. Y ora pidiendo, nada más y nada menos, que esto (en “Dios habla todos los días”):
Que sepa la tristeza que a cada minuto de angustia le corresponde una liberación. Por un hombre que acepta, cinco más son liberados. Cada lágrima, vale por una carcajada; un dolor, por un consuelo; la noche, por un mediodía; el silencio, por el clamor íntimo de una ternura que tiene tu raíz palpitante. Así es la fe que mendigo.
Nada puede, en su oración, contra su alma santa e inocente; nada contra su ser hijo del Creador que sabe que su Padre es su Pastor y que nada puede temer. Y es inocente su alma porque se sabe, se quiere, niño con el corazón limpio de cara a Dios. Por eso no extraña nada que en “Cartas con la señal de la cruz” ore pidiendo ser como un infante. Y lo haga preguntando
¿Quieres ser pequeño? Pues ponte a caminar sin hacerle preguntas a Dios. Si el minuto que viene te trae un desengaño el que le sigue una ingratitud,  el siguiente antepone un dolor, tú cierra la boca y apenas la abras más que  para darle conformidad a tu destino.  Ser niño es no tener corazón de gallito, ni descascarillarse de las ilusiones su fulgor. Notar que la vida se pone oscura y, no obstante, levantar la cabeza, aunque nos resbale la lluvia por la cara, porque se sabe que Dios refulge por encima de las nubes. Ser niño es purificar el pensamiento de letreros de alquitrán. Los espíritus alegres son niños; los  que sonríen, los generosos, los amables, los optimistas, niños también.Y, es más, pide una fe así, como la busca, como la quiere, porque sabe que es la única que, de verdad, le puede acercar a Dios, al Padre a quien tanto ama y, a la vez, anhela tener cerca.
Por eso Lolo, sin duda alguna, es un espejo donde puede mirarse todo aquel que sufra o esté pasando un mal momento. Seguramente, al verse reflejado en aquel hombre santo que, desde un sillón de ruedas, evangelizó sobre y con el dolor, se dé cuenta de que lo suyo es poco, nada, y que, de todas formas, nunca Dios permite que suframos más de lo que somos capaces de soportar.
Y eso Lolo bien que lo demostró cargando con su propia cruz en su caminar hacia el definitivo Reino de Dios y dándonos a entender que lo bueno de ser hijo del Creador es saber llevar nuestra vida por el camino recto que el Todopoderoso ha trazado para nosotros aunque haya muchos tropiezos en el trayecto o nos acechen las espinas.

Eleuterio Fernández Guzmán